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lunes, 22 de junio de 2015

LA CIZAÑA

Por: OMAR ORTIZ*
Bernardo Soarez, un heterónimo del poeta Fernando Pessoa, afirma que el hombre que aspira a un mejor gobierno es el que aprende a gobernarse a sí mismo. Principio elemental pero difícil dadas las nefastas prácticas cotidianas que asumimos los seres humanos. Una de ellas, tan extendida como verdolaga en playa, es la de sembrar cizaña, que se dice de aquellos dedicados a crear malestar, disputas, distanciamientos, rencillas entre personas que se conocen, tienen vecindad, son parientes o hacen parte de una relación amorosa,  laboral, o comercial. El cizañero, en principio, conoce perfectamente a las partes que va a afectar con su maledicencia, sabe de sus fortalezas pero también de sus debilidades y por ello fácilmente puede hacer creíble sus perversos decires. Pero no todos los aviesos tienen la misma metodología, entre ellos se distinguen algunos por la manera en que ponen a funcionar entre los afectados su maquinaria de conflictos. Podemos afirmar que se reúnen en tres grupos principales, a saber, a.-) El cizañero frentero, que es aquel que sin ningún pudor alardea de su vocación siniestra, promulgando de viva voz la infamia que sabe originará los conflictos buscados. El segundo grupo o grupo b.-) Es el cizañero chistoso, es decir el que se vale de un humor cargado de malevolencia para dejar en el aire sus atrabiliarias insinuaciones o acusaciones, según el caso. Y un tercer grupo que sería el c.-) Que reúne a los cizañeros solapados, que pretenden ser amigos de todo el mundo pero que en verdad terminan por ocasionar una disputa generalizada.
Cualquiera que escojamos es sumamente letal para los intereses de una buena convivencia y una sana paz entre quienes comparten un interés o un espacio común. Por eso hay que estar alertas frente a estos especímenes que por lo general militan en partidos o religiones que dicen ser las guardianas de la moral y las buenas costumbres. En no pocas ocasiones son figuras públicas rodeadas de una notable influencia en el medio que habitan, lo que hace mucho más nocivas sus torcidas movidas. Son, por regla general tramposos, mentirosos y rotundamente enamorados de sí mismos. Todos hemos sufrido alguna vez de estos nefastos personajes y desafortunadamente no existe prevención posible frente a su aparición que se da en el momento menos pensado. Por lo tanto hay que aprender a deslegitimar sus prácticas con humor e inteligencia. Ojo, nunca pelear con ellos, porque ya se sabe que el que pelea pierde.
Y si usted detecta tempranamente a uno de estos especímenes, huya, corra y no se detenga hasta que llegue al buen resguardo que debe medirse a kilómetros de por medio.
*Abogado, escritor y poeta – Exdirector de Cultura del Departamento del Valle. 

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