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martes, 14 de junio de 2016

Estrés es tres



Dos vecinas conversan mientras intento leer el periódico en el balcón. “Ella lo que tiene es tremendo estrés con ese marido y el trabajo que tiene”, dice una. La hija del vecino de los altos tiene granitos en la cara: “es el estrés, esa carrera la tiene muy estresada” diagnostica su madre.
Todo el mundo habla del estrés. Todo el mundo diagnostica el estrés y se se auto diagnostica estrés. Todo el mundo está estresado. Parece una epidemia. Pero ¿saben qué es realmente el estrés? ¿Acaso una una enfermedad? Más importante ¿es posible vivir sin estrés? Y aún más, al fundamento ¿es deseable vivir sin estrés?
Estrés significa tensión
Cuando János Hugo Bruno Selye llegó a la Universidad de McGill en Montreal en 1931, era solo un joven médico húngaro, nacido en Viena y graduado en Praga en 1929.  Aunque contaba apenas 25 años y un currículum aún en blanco, traía consigo una idea. Selye, renombrado Hans por el resto de su vida, había observado que muchos enfermos de diversas enfermedades compartían una serie de rasgos comunes; algo así como la enfermedad de estar enfermo.
En McGill el joven Selye pudo iniciar experimentos en modelos animales en busca de respuestas a sus observaciones.Cinco años después publicó sus primeros resultados en la revista Nature. Es una de las paradojas de la ciencia que el artículo que abriría una de las páginas más prolíficas y populares de la Fisiología moderna fuera una contribución tan breve, brevísima, apenas una cuartilla y tan escueta que, estoy convencido, ninguna revista científica seria lo hubiese publicado hoy, considerando los altos estándares que se exigen, pero era 1936 y Nature era Nature aunque todavía no era Nature.
Comienza diciendo el texto: “Experimentos en ratas muestran que si el organismo es dañado severamente por agentes nocivos inespecíficos y agudos tales como la exposición al frio, heridas quirúrgicas, producción de choque espinal (transección medular) ejercicio muscular excesivo, o intoxicaciones con dosis subletales de diversas drogas (adrenalina, atropina, morfina, formaldehido, etc.) aparece un síndrome típico, cuyos síntomas son independientes de la naturaleza del agente dañino o el tipo de droga farmacológica empleada y en su lugar representa una respuesta al daño en sí”. No hay otra descripción de los métodos empleados. Frio ¿A qué temperatura? ¿Por cuánto tiempo? ¿Cuántas sesiones? Drogas ¿En qué dosis? ¿Disueltas en qué vehículo? ¿Por cuál vía de administración? Son solo algunas de las preguntas que cualquier árbitro hubiera enviado a Selye en su evaluación.
Igualmente ausente del documento estaba cualquier descripción de los métodos empleados para constatar los daños cuyo reporte incluía durante las primeras 48 horas: disminución de tamaño del timo, el bazo, el tejido linfoide y el hígado, pérdida de tono muscular, disminución de la temperatura corporal, lesiones erosivas en el tracto digestivo.
En días siguientes notaba: aumento de tamaño de las glándulas suprarrenales, hiperplasia tiroidea, reducción del crecimiento corporal y atrofia de las gónadas. Si se mantenía la acción del agente agresor por más tiempo los animales aparentemente retornaban a la normalidad, pero de mantenerse la agresión por más de uno o tres meses (dependiendo de la intensidad del agresor) los animales perdían la resistencia y sucumbían con signos similares a los descritos en la primera fase.
Selye interpretaba esos resultados argumentando que “consideramos la primera fase sea la expresión de una alarma general del organismo cuando es confrontado de repente con una situación crítica, a la que llamamos por tanto ´reacción de alarma general´. Por cuanto el síndrome en su conjunto parece representar un esfuerzo generalizado del organismo de adaptarse a las nuevas condiciones puede ser denominado ´síndrome de adaptación general´.
El hoy tan popular término: estrés (castellanismo del inglés stress) no apareció en estos predios fisiológicos hasta 1950, cuando Selye publicó la primera monografía sobre el asunto,  y prendió rápidamente en la comunidad científica y el público en general.
Stress significa tensión. Un término importado de la Física y la tecnología de materiales, pero que se ajustaba muy bien a este nuevo sentido metafórico: tensión fisiológica o mental, tensión que provocaba una respuesta de alarma generalizada en el organismo, un esfuerzo por resistir y adaptarse a esa agresión. El propio Selye confesó después que el término que debió haber empleado era strain(esfuerzo), pero ya stress se había popularizado al punto de la irreversibilidad, tanto que nosotros, hispanoparlantes, nos sentimos obligados a introducir una nueva palabra en nuestra lengua: estrés, olvidando que desde siempre hemos tenido el equivalente, claro e inambiguo: tensión. Pero, como ha pasado tantas otras veces, la palabreja ya está tan arraigada que no hay modo. Estrés fue y estrés será, a pesar de las ambiguedades conceptuales que introduce.
Si bien desde el punto de vista fisiológico es claro que el término estrés se refiere a la reacción del organismo, a veces se asume erróneamente que el estrés radica en la situación que lo genera. A estas le llamamos hoy estresores o agentes estresantes, pero la distinción es clave, porque no siempre dos individuos reaccionaran con estrés ante una misma situación.
Una rata de laboratorio que se saca de su caja de habitación y se coloca en un sitio que nunca antes ha visitado mostrará una clara reacción de estrés, muy diferente a la de un animal idéntico pero que ya conoce el lugar y sabe que está libre de peligros. De la misma forma, una persona que se enfrenta por primera vez a un auditorio, digamos para impartir una clase o conferencia, se sentirá muy estresado, cosa que ya no le ocurre a un veterano profesor. De modo que, al hablar de estrés, hay que tener siempre presente que no está en la situación por sí misma, sino en la forma en que el individuo reacciona ante ella. El estrés es el efecto, el resultado, no la causa.
El nuevo concepto establecía un nexo crucial entre disciplinas aparentemente independientes como la Fisiología y la Medicina de una parte y la Psicología de otra, y constituía una extensión de lo que otro gran fisiólogo, Walter B. Cannon, había descubierto y descrito como reacción de alarma, más conocida en inglés como fight or flight reaction; es decir: lucha o corre.
Cannon introdujo además otro concepto clave en Fisiología: la homeostasis, la constancia del medio interno, esa especie de mar interior en que viven nuestras células, y cuya temperatura, pH y composición son estrechamente regulados por diversos mecanismos fisiológicos. De este modo se alcanza una verdadera comprensión global del organismo, de la molécula a la psiquis, que nos permite entender cómo un trastorno que afecta nuestro medio interno afecta nuestra mente y, viceversa, cómo factores psicológicos y emocionales influyen sobre el funcionamiento de los órganos internos. Una concepción holística, me sugerirán algunos, pero prefiero mantenerme distante de este otro neocastellanismo tan cargado de matices pseudocientíficos. En todo caso, una verdadera concepción holística, asentada firmemente en la ciencia real.
Relojería de la tensión o los mecanismos del estrés
El primer “actor” identificado en la compleja maquinaria que conduce a las reacciones típicas del estrés,  o los primeros, porque son varios de un tipo, fueron los esteroides suprarrenales.
Estas hormonas tienen profundos y diversos efectos metabólicos que afectan a una variedad de tejidos corporales. Sobre el tejido adiposo, los esteroides suprarrenales tienen un efecto movilizador de las grasas allí almacenadas. Sobre el tejido muscular y linfoide, su acción moviliza aminoácidos incorporados a las proteínas. Ambos efectos combinados aportan “combustible” al metabolismo energético, preservando la glucosa, lo que explica su acción hiperglucemiante y diabetógena,  y justifica además que hayan sido llamados así: glucocorticoides. Tienen además dos efectos adicionales que han convertido a los glucocorticoides en las hormonas más empleadas en la práctica médica y las únicas que se emplean para tratar alteraciones no derivadas de su deficiencia: su acción inmunosupresora y antinflamatoria.
Aún hoy, si queremos afirmar que un animal o una persona se encuentra indudablemente en estrés, hay que comprobar si sus niveles circulantes de cortisol se encuentran elevados significativamente por encima de sus valores normales. Los glucocorticoides se producen en la corteza de las glándulas suprarrenales.
No es casual que en la región medular de la misma glándula se produzca otra de las hormonas del estrés: la adrenalina, responsable de muchas de las reacciones típicas de la reacción de alarma descrita por Cannon, y que es parte esencial de las reacciones de estrés: liberación de glucosa desde el hígado, dilatación pupilar, relajación de la musculatura bronquiolar, vasoconstricción generalizada, taquicardia, reducción de la secreción salivar y aumento de la sudoración axilar, palmar y plantar. Del conjunto de reacciones provocadas por glucocorticoides y adrenalina se derivan cambios que evidentemente preparan y capacitan al individuo para responder a retos extraordinarios con acciones extraordinarias.
Disponer de glucosa y otros compuestos energéticos (como los ácidos grasos) es, sin dudas, un aporte valiosísimo cuando es necesario correr, saltar o luchar. La dilatación pupilar mejora la visión nocturna; la dilatación bronquiolar reduce la resistencia al flujo de aire en las vías aéreas; la vasoconstricción generalizada acrecienta el ingreso de sangre venosa al corazón y el aumento de frecuencia y fuerza de las contracciones cardiacas la distribuye a los músculos mejorando el aporte de oxígeno y nutrientes. Todos esos cambios nos convierten en un “animal” dispuesto a la hazaña.
Otros no tienen una relación clara con alguna ventaja. Que se nos seque la boca y se nos dificulte hasta articular las palabras es una desagradable experiencia que casi todos hemos experimentado alguna vez, aunque resulte difícil atribuirle algún valor adaptativo. El sudor de manos y pies resulta igualmente difícil de evaluar, aunque el sudor axilar, con su muy característico, fuerte y desagradable olor pudiera convertirnos de repente en una presa menos apetecible.
La actividad de la médula suprarrenal es controlada por el sistema nervioso en su división simpática mientras que la corteza suprarrenal es controlada por una hormona producida en la porción anterior de la glándula hipófisis, la llamada hormona adrenocorticotropa (ACTH por sus siglas en inglés).
La hipófisis es una glándula especial por una razón: cuando una glándula endocrina cualquiera es extirpada de su ubicación anatómica normal y transferida a otro lugar del cuerpo, seguirá funcionando perfectamente siempre que se garantice un adecuado riego sanguíneo. Sin embargo, no ocurre así con la hipófisis. Esta singularidad fue resuelta cuando se descubrió que las funciones secretoras de la hipófisis son, a su vez, controladas por sustancias producidas por neuronas del hipotálamo en la región basal del encéfalo y de donde “cuelga” la hipófisis. Estas sustancias, fueron inicialmente llamadas factores de liberación, pero la demostración de que son transportadas desde el hipotálamo hasta la hipófisis por vía sanguínea fue crucial para que se les considerase como lo que realmente son: verdaderas hormonas.
El descubrimiento y aislamiento de estas hormonas de liberación le valió a Roger Guillemin, un discípulo de Selye, el premio Nobel de Fisiología y Medicina en 1977. En el sitio web de los Nobel (Nobelprize.org) la autobiografía de Guillemin cuenta:
“Un día me enteré que Hans Selye daría una conferencia en París sobre su reacción de alarma y la endocrinología del síndrome de adaptación general. Fui a escucharlo. El magnetismo del hombre era extraordinario. Fui a hablar con él después de una de sus conferencias. Unos meses después me encontraba en el recién creado por Selye Instituto de Medicina Experimental y Cirugía en la Universidad de Montreal con una modesta beca de los fondos de Selye”.
Aislar y caracterizar esas nuevas hormonas no fue tarea sencilla. Su  concentración es muy baja, ya que disponen de un sistema particular de “entrega inmediata” a través de un eficiente micro-sistema vascular (llamado sistema porta hipotalámico-hipofisario) que las conduce directamente desde el productor al blanco.
En su conferencia al recibir el Nobel, Guillemin recordó que él y sus colegas tuvieron que procesar las hipófisis de 300 mil ovejas para aislar apenas 1 mg de la primera hormona liberadora hipotalámica identificada: la TRH (del inglés tirotrophin releasing hormone) que controla la secreción de tirotrofina, la hormona hipofisaria que regula la función del tiroides. Había nacido la Neuroendocrinología.
Otra de estas hormonas liberadoras, la CRH (hormona liberadora de corticotropina) resultó ser una pieza clave en la maquinería (perdón por el neologismo) del estrés. La CRH estimula la secreción de ACTH y esta, a su vez la de glucococticoides. Este conjunto de hormonas y estructuras forman el llamado eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal y opera bajo el principio de la retroacción negativa: un alto nivel circulante de glucocorticoides disminuye la secreción de CRH y de ACTH, mientras que cuando bajan los esteroides adrenales en sangre el sistema reacciona de modo opuesto. Estos mecanismos de retroacción negativa son omnipresentes en Fisiología y contribuyen de manera muy evidente a la homeostasis.
La CRH se produce en el hipotálamo, una pequeña, pero esencial región en la base del cerebro. Inmediatamente debajo de ella se localiza la hipófisis y a través del tallo que las comunica los capilares portales hacen llegar la CRH (y vasopresina) a las células que producen y liberan la ACTH.  Pero además de ese eje “hacia abajo” la CRH también ejerce funciones sobre otras regiones del cerebro que se encargan de orquestar otra serie de componentes del estrés. En particular la región conocida como amígdala cerebral (sobre esto más en “Te odio y te quiero. El fascinante mundo de los afectos”) posee receptores al CRH que modifican la función de esta y otras estructuras cerebrales como el hipocampo y los núcleos del tronco encefálico, como el locus coeruleus que provee inervación adrenérgica al resto del cerebro; añadiendo componentes fisiológicos ya descritos y también psicológicos tales como ansiedad, irritabilidad, miedo e insomnio, entre otras.
Evaluando el riesgo
Hemos descrito hasta ahora los mecanismos y los cambios que caracterizan al estrés, pero para comprender este complejo proceso fisiológico debemos conocer también cómo nuestra mente descubre la necesidad de despertar esa especie de genio de la lámpara que es la CRH.
En ese sentido nuestro sistema nervioso actúa como una especie de mecanismo de evaluación de riesgo detectando e identificando, a partir de la información sensorial y la experiencia acumulada, situaciones potencialmente peligrosas que pudieran requerir una respuesta extraordinaria. El peligro no tiene que ser real, el león no tiene que estar ahí, el riesgo puede ser solo posible. Tampoco tiene que tratarse de una amenaza directa para la vida, basta con que introduzca suficiente incertidumbre, inseguridad o temor al fracaso. Obviamente el estrés es un mecanismo de anticipación, digamos un “por si acaso” psicofisiológico.
Nuestro “Anderson Consulting” cerebral implica de modo especial la función coordinada de tres estructuras cerebrales muy bien interconectadas: la corteza prefrontal, la amígdala y el hipocampo. Todas ellas reciben amplia información de las regiones corticales que generan sensaciones y percepciones y cada una debe aportar elementos esenciales en la evaluación. Aunque es difícil afirmarlo con certeza, las evidencias disponibles sugieren que el hipocampo puede contribuir con la memoria contextual, que identifica los sitios (nuevos o conocidos) y los peligros eventualmente asociados a ellos. La amígdala posiblemente establece la valencia afectiva de la situación (bueno, malo o potencialmente malo) y desencadena las reacciones fisiológicas del estrés mientras que la corteza prefrontal, se especula, introduce asociaciones entre pistas y amenazas basadas en la experiencia previa del sujeto.
El bueno, el malo y… los demás
Visto así, el estrés es un valioso mecanismo de adaptación general. Selye lo concibió desde una perspectiva médica y hoy podemos entenderlo también de ese modo en un marco evolutivo. Anticiparse al peligro, prepararse para el combate antes de que aparezca el enemigo, pueden significar en muchas ocasiones la diferencia entre el éxito y el fracaso, entre la vida y la muerte. Por eso el estrés es una respuesta conservada y útil en términos adaptativos. Y es más, es una herramienta imprescindible para crecer en la vida, para aprender a evaluar posibilidades, para enfrentar adversidades y vencer. Este tipo de estrés fisiológico o eustress (literalmente el buen estrés) no solo es inevitable, también es necesario para el desarrollo de nuestras potencialidades físicas y mentales.
Un poco de estrés no te hace daño. Los seres humanos, sobre todo aquellos que viven en ambientes sobreprotectores, buscan a veces ese poco de estrés en entretenimientos peligrosos y miedos provocados; desde escalar montañas hasta sufrir con películas de horror (¡querido Boris Karloff!).
Pero la situación cambia radicalmente cuando el estrés, físico o psicológico, se prolonga y se torna crónico. Como advertía el propio Selye en su primera comunicación sobre el tema, entonces el organismo sucumbe ante el reto y asoma el rostro malo del feo (o el rostro feo del malo): el distress. El estrés crónico tiene consecuencias plurales, y afecta a todos los órganos y funciones que resultan activados por el estrés. Se resiente el sistema inmune, el páncreas fracasa y aparece la diabetes, los músculos y hasta los huesos se debilitan. De otra parte, ansiedad, trastornos del sueño y depresión nerviosa caracterizan a esta lacerante situación de estrés prolongado. Hay evidencias sólidas de que el estrés crónico en la infancia tiene consecuencias negativas a largo término sobre la salud mental y física de los adultos.
¿De cuantas cosas es culpable el estrés? Probablemente de muchas, pero tal vez no de tantas como hoy se discurre. En un campo tan diverso como el de las relaciones mente-cuerpo caben especulaciones exageradas, como aquellas que condujeron al desquiciado Hamer y sus seguidores de la Nueva Medicina Germana y la Biodescodificación a considerarlo la causa primaria de toda enfermedad. Ponerlo en su perspectiva real seguirá siendo una tarea de primer orden de la Fisiología actual.
Han botado basura en mi verde jardín…
Cuando Hans Selye falleció en 1982, dejó un legado de consagración al trabajo difícil de igualar. Trabajador de siete días a la semana, doce horas al día (incluyendo feriados) fue autor o co-autor de más de 1500 artículos científicos, 32 libros de su sola autoría y líder fundador de toda una nueva rama de la Fisiología: la Neuroendocrinología, a partir de sus investigaciones sobre el estrés. Por todo ello fue exaltado al Salón Canadiense de la Fama en Medicina.  Documentos desclasificados del Comité Nobel permiten conocer que aun cuando nunca obtuvo el premio fue nominado diez veces. Según el testimonio de colaboradores y discípulos sus grandes éxitos científicos no modificaron su carácter, siempre amable y humilde.
Pero antes de que coloquemos el aura de santidad a este infatigable luchador por la ciencia hay que saber que este Dr. Jekkyl tuvo, como todo humano, su Mr. Hyde.
El análisis de documentos internos de la poderosa industria norteamericana del tabaco han permitido establecer que durante muchos años Selye recibió importantes sumas de dinero de dicha industria a cambio de “ciertas prestaciones”, hechos que arrojan una mancha de infamia sobre su memoria.
Las relaciones comenzaron en 1958 cuando Selye hizo llegar a la American Tobacco Company una solicitud de fondos para financiar sus investigaciones, una práctica muy común ayer y hoy. La investigación científica es muy cara y no siempre los fondos que asigna el estado son suficientes para sustentarla. La petición de Selye fue denegada, pero al año siguiente un abogado representante de la compañía le escribió pidiéndole un escrito argumentando que la relación estadística entre el hábito de fumar y el cáncer no era una prueba de causalidad. Selye aceptó escribir un memorando pero no a testificar en corte. Por el encargo recibió mil dólares.
A partir de ahí la relación se profundizó y los pagos aumentaron. La industria estaba muy interesada en obtener argumentos para contrarrestar la campaña de opinión pública desatada por autoridades sanitarias y organizaciones sociales contra el tabaco. Selye se los proporcionó: una relación estadística no es causal hasta que se conozca el mecanismo, el consumo de tabaco es menos dañino que el estrés, las campañas públicas contra el fumar generan miedo y, por tanto, más estrés, y más aún el consumo recreacional de tabaco, tiene un efecto relajante y anti-estrés que previene daños a la salud.

Selye era él mismo un fumador de pipa. Es muy probable que también estuviera convencido de los argumentos que ofreció a las compañías cigarreras, pero es bochornosamente cierto que a partir de ese primer contacto Selye recibió de ellas cantidades crecientes de fondos, que alcanzaron los cientos de miles de dólares, los cuales utilizó para mantener funcionando e investigando el Instituto Internacional del Estrés en Montreal y la Fundación Hans Selye. Ambos fundados por él tras su retiro en 1977. Como mencionamos antes, uno de sus discípulos: Roger Guillemin, obtuvo en 1977 el premio Nobel, tal vez financiado a partir de fondos procedentes de esta relación con la industria del humo.
¿Cuál es el legado de Hans Selye? ¿Sus notables aportes a la ciencia? ¿Su claudicación ante el vil metal de una industria poderosa? El concepto y los mecanismos del estrés son una contribución enorme a la comprensión de la fisiología y la fisiopatología. Eso trasciende y va más allá de esos “pequeños pecadores consuetudinarios” (es decir, nosotros mismos) que las descubren. Con respecto a la infamia, prefiero pensar que Selye fue más una víctima del sistema que un desalmado ambicioso. Un buscador de verdades, aun al precio de su alma. Si ya lo dijo Don Francisco:
Es tanta su majestad,
Aunque son sus duelos hartos,
Que aun con estar hecho cuartos
No pierde su calidad.
Pero pues da autoridad
Al gañán y al jornalero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.

Sin embargo, lo importante al considerar las lecciones de hechos semejantes es que la validez de una ley, una teoría o de un resultado de una investigación científica, es total y absolutamente independiente de las virtudes o perversiones de quienes lo descubrieron. Newton era un arribista, egoísta y tramposo, pero las manzanas siguen cayendo en los prados y no en las nubes; Galileo cedió temeroso ante las presiones eclesiásticas y sin embargo…
Selye sucumbió a las tentaciones del capitalismo taimado, pero el estrés sigue siendo parte de nuestra vida, de nuestra salud y de nuestra enfermedad.
Bibliografía
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