Seguidores

jueves, 12 de junio de 2014

SOBRE LA PSICOLOGÍA DE LOS NIÑOS DE LA CALLE



Marcelo Colussi
Al trabajar con niños de la calle suele ponerse énfasis en el abordaje pedagógico y en la idea del “amor” con que debe atendérselos. Pero no se trata de “enseñarles” un nuevo modo de vida para que abandonen la calle; el acercamiento desde una actitud de “amor incondicional” tampoco logra resultados. La callejización es un fenómeno complejo donde participan también elementos subjetivos. Los niños de la calle son un síntoma social, expresión de profundas injusticias estructurales que marginan a grandes cantidades de seres humanos. Estos niños están marginados en términos sociales, y también psicológicos: “sobran” en las dinámicas de sus familias. Si alguien se constituye “sobrando”, no encuentra su lugar en el mundo. Excluidos de sus familias y arrojados a las calles, puede producirse un fenómeno de “adicción” a la vida en ellas. Salir de allí es tremendamente difícil. Ayudarlos a preguntarse quiénes son en términos subjetivos es un camino.


A modo de introducción
Si bien el término “niños de la calle” es muy impreciso, hay consenso tanto en círculos académicos como políticos en considerarlo como una realidad derivada de la pobreza estructural y de la aglomeración en grandes centros urbanos. El fenómeno cobra especial relevancia en los países del Sur, históricamente pobres en el reparto del mundo que se viene dando desde la modernidad. Cantidades enormes de niños en distintas ciudades del mundo, fundamentalmente en las regiones más pobres, viven hoy en las calles sin la atención ni supervisión de adultos. Su número exacto no está precisado, pero se considera que, como mínimo, puede haber no menos de cien millones.

En el trabajo con niños de la calle se pone un especial énfasis en la dimensión educativa. Quienes se dedican a ello habitualmente son llamados “educadores”. La idea que alienta las intervenciones tiene que ver con lo pedagógico: los niños deben ser reeducados, o educados, dado que, por sus circunstancias de vida, lo han sido poco o nada. Pero quizá aquí pueda abrirse una pregunta: aquello de que carecen ¿es sólo educativo? ¿Su cambio existencial pasa por enseñarles un nuevo estilo de vida?

La experiencia nos demuestra que los menores que viven en las calles saben acerca de su condición, sobre los problemas que les trae aparejado su modo de vida y los beneficios que les traería otra alternativa. Pero curiosamente es más probable que no abandonen la calle. Pareciera que el saber no garantiza nuevas actitudes.

Es ante este acto siempre incomprensible para el sentido común que surge el interrogante sobre sus motivaciones. Si saben acerca de los daños que ocasiona la droga, ¿por qué siguen usándola? Si en los albergues de las instituciones que cuidan de ellos se les brinda todo lo que no tienen: comida, abrigo, amor, respeto, ¿por qué se marchan tan frecuentemente de ellos? Si están más que informados que la vida en la calle lleva casi invariablemente, previo paso por cárceles y hospitales, a la muerte, ¿por qué no cambian sus hábitos?


Todas estas preguntas -quizá por lo intrincado de sus respuestas- nos hacen pensar en que, tal vez, no sólo se trate de reeducar. Probablemente también sea necesario intentar profundizar más en las determinantes de estas conductas. Dicho en otros términos: habrá que averiguar por qué los niños de la calle son como son. ¿Y cómo son?


La marginalidad, fundamento de la callejización


A todas luces los niños callejizados son distintos de los niños llamados “normales”. Sabiendo que la normalidad es una cuestión siempre circunstancial, coyuntural, en dependencia de una compleja red de factores a comprender en clave histórica, lo normal en nuestro medio social es crecer en el seno de una familia. Cuando esto se cumple -y es lo que pasa regularmente- se es hijo de papá y mamá (Braunstein, 1980). Pero ser de la calle es ser de nadie. Y obviamente, no se puede “ser de nadie”; todos tenemos una historia que nos marca y nos hace estar situados. Si eso no sucede, o sucede de un modo tan problemático, estamos ante un severo problema en orden a la constitución de ese sujeto, en tal caso con pronóstico reservado. En ese sentido puede afirmarse que “ser de la calle” tiene un valor identitario, crea un modo de ser, una identidad. Modo de ser problemático o disfuncional, sin dudas; pero identidad al fin y al cabo. Y lo que todo ser necesitar para constituirse es, justamente, una identidad. Ahora bien: ¿qué significa “ser de la calle”? Es esa una identidad muy especial, que ya desde el inicio posiciona como “marginalizado” a quien la detenta. Todos somos “de una familia”, repetimos ese esquema, sostenemos ese modelo ideológico-cultural. “Ser de la calle” se estrella con los principios rectores básicos de nuestra normalidad (Casa Alianza, 1995).

Para estudiar la psicología de los menores callejizados deberíamos partir por conocer aquella del niño considerado normal, para luego establecer comparaciones. Sabemos que no hay, en términos rigurosos de salud mental, un sujeto normal asintomático; pero hay, sí, una media socialmente aceptada, cultural, que funciona como paradigma. Es normal que el sujeto humano se constituya como tal a partir de otros humanos. Esto es: un recién nacido puede devenir un adulto adaptado a su entorno, socialmente útil, con una identidad sexual definida y con capacidad para gozar de la vida después de transitar por los difíciles vericuetos de la humanización, de la socialización. Llegar a ser ese sujeto normal adulto no es un hecho asegurado instintivamente, biológicamente. El ser humano, en su sentido más pleno, se hace en el contacto con los otros: desde bebé, con su familia, con las cargas simbólicas que va recibiendo en su crecimiento, con la incorporación de su cultura. Hacerse ser humano es ingresar a la dimensión fundante de la Ley, a la dimensión de las prohibiciones, de lo que va más allá del instinto. La sociedad no sólo es el reflejo o la expresión de aspectos normativos (sociales o legales), sino que entran en su dinámica igualmente aspectos simbólicos y relacionales; pero sin dudas el peso de lo prohibitivo juega un papel clave, en tanto que instaura la civilización. La Ley -la norma, el consenso social- es lo que dice qué se puede y qué no se puede. Asumir ese bagaje simbólico, entrar a él y hacerse cargo del mismo, se da necesariamente a través de otros pares; y en nuestro mundo generalmente cumple esa función el núcleo familiar. Cuando ello se cumple a medias, o cuando directamente falla, sobrevienen problemas en el proceso de la socialización, problemas de integración que llamamos transtornos psicológicos (alguna disfunción no orgánica que impide una buena adecuación al ambiente y produce displacer y que puede ir, abarcando un amplísimo arco, desde por ejemplo síntomas de enuresis hasta una psicosis).
En el curso de la vida de un ser humano, ya desde el nacimiento se van estableciendo estructuras y modalidades propias en el plano psicológico que habrán de marcarlo indeleblemente. Todo se juega en torno a esto: cómo un sujeto ingresa al mundo de la Ley. Por cierto, no hay tantas posibilidades al respecto: a) vive al margen de ella: psicosis; b) la reconoce pero no la termina nunca de aceptar, vive en el borde: psicopatía; y c) la asume y se hace cargo de ella: la llamada normalidad, que no es sino el campo de las neurosis. Neurosis, psicosis y psicopatías son las tres estructuras de base posibles entre los seres humanos. Todos estamos cortados por la misma tijera; también los niños de la calle. Luego vendrá toda la cohorte de síntomas que la psiquiatría o la psicopatología podrán describir, pero siempre sobre la base de esas estructuras primarias.
En la infancia, y lo más comúnmente a través de las figuras parentales, es donde el ser en formación se moldea. En ese difícil trabajo de “moldeado” pueden ocurrir disrupciones; lo común es que, no sin dificultades y con menor o mayor grado de ansiedades, los niños crecen y terminan siendo adaptados a su medio reproduciendo las normas sociales que se le impusieron. Las identidades, en todo sentido (culturales, ideológicas, sexuales), no están aseguradas por la genética; se trata de una “larga marcha” que no tiene certificada la llegada a buen puerto. Ello puede ocurrir, y es lo que ocurre más habitualmente, pero no sin dejar marcas, rasgaduras, cicatrices. Los síntomas neuróticos infantiles (trastornos de aprendizaje, enuresis, angustia, dificultades de integración) hablan de traspiés en ese proceso de constitución; con tratamiento psicológico (que necesariamente incluye trabajo con los padres) se resuelven positivamente. Incluso las psicosis infantiles debidamente tratadas (incluyendo siempre el entorno familiar) pueden tener buen pronóstico. ¿Y los niños de la calle? ¿Deben ser abordados desde la psicopatología? ¿Por qué siempre se incluyen psicólogos en los equipos de trabajo que los atienden? En todo caso, quizá apresurándonos, podría decirse que se trata de una “enfermedad social”. El colectivo social, permítasenos temporalmente la metáfora, habla sintomáticamente a través de esta configuración tan peculiar. Los niños de la calle constituyen un síntoma de una sociedad que hace agua; son el eslabón más débil de una cadena social que se muestra disfuncional, por decir lo menos (si quisiéramos ser más duros, deberíamos decir: de una sociedad atroz, donde sobrando un 40% de alimentos producidos, la principal causa de muerte es el hambre).
“Niño de la calle” no es una entidad gnosográfica en sí misma, no es una entidad más entre las enfermedades mentales. No se puede curar a nadie de esta “patología”. Pero todo el fenómeno, si bien de orden social en su raíz -síntoma de la descomposición de las sociedades más pobres en su no planificado paso de agrarias a urbanas, índice de la marginación de vastos sectores “sobrantes” para la lógica del capital- comporta una lectura, y una intervención por tanto, desde la psicología clínica. Un niño de la calle puede ser neurótico, psicótico o psicópata (la experiencia indica que, al igual que en el resto de la población, la prevalencia fundamental es neurosis); pero si algo diferencia su psicología de la de un niño criado en el seno de una familia (que también puede ser neurótico, psicótico o psicópata) es justamente eso: la ausencia de familia. El lugar de donde básicamente tiene que venir la Ley falla, por tanto falla el ingreso al mundo de la Ley.

Psicológicamente considerado, un niño de la calle es, ante todo, un niño marginal, un niño que “sobra” (Metraux, 1984). El trabajo de acompañamiento de todos los días con ellos enseña que la experiencia más común es que provienen de hogares repletos de niños, donde su existencia concreta no es sentida por sus progenitores como un triunfo ni un milagro sino más bien como una carga. No son niños deseados, racionalmente planificados. Sus padres viven agobiados por la pobreza, por la descarnada lucha por sobrevivir; en muchos casos son bebedores severos o alcohólicos, o consumidores de drogas (de las baratas: mariguana, crack). Las condiciones generales de vida son paupérrimas, como ocurre con muy buena parte de las poblaciones latinoamericanas, viviendo hacinadas en urbanizaciones precarias faltas de servicios elementales, con remuneraciones escasas, o en muchos casos sin empleos formales. Ante esas situaciones de agobio estructural, por tanto no queda mayor tiempo para el cuidado y el amor de cantidades enormes de hijos. Ser uno de ellos, entonces, ya conlleva una carga que marca muy pesadamente su vida. Las políticas neoliberales de estas últimas décadas, que reforzaron más aún el enriquecimiento de unos pocos sobre la base del mayor empobrecimiento de los más, vinieron a profundizar ese estado calamitoso de muy buena parte de las poblaciones por siempre postergadas.

En muchos casos estos niños fueron regalados, abandonados, pasaron de mano en mano o terminaron siendo criados en orfelinatos. “Mi mamá me regaló cuando tenía tres años. La señora que me crió recuerdo que me pegaba con un alambre”, decía un joven guatemalteco (Casa Alianza, 1995). En muchas ocasiones ni siquiera fueron inscriptos legalmente en algún Registro Civil; es decir: no existen en términos de ciudadanía formal. Infinidad de veces se dan casos de abuso sexual; y casi como constante encontramos violencia física, del más variado estilo y calibre. Todas estas experiencias -dramáticas, durísimas-, más que hacer sentir que son lo primordial en el hogar, los marca como estando de más. ¿Y qué le puede esperar a alguien que se le dice que “sobra”? ¿Acaso un ser humano puede “sobrar”? No está de más recordar aquí que para la lógica de esas políticas neoliberales que mencionamos (o de “capitalismo salvaje”, para decirlo sin subterfugios), la idea imperante es que hay “poblaciones sobrantes”. Pero… ¿es posible que un ser humano “sobre”?

En las historias de los niños a los que nos estamos refiriendo, el trauma en lo real -no como “realidad psíquica” en sentido psicoanalítico, como fantasma, sino con toda la virulencia de la realidad descarnada que golpea: la miseria, el abandono, la violación sexual a veces- tiene un peso decisivo. No se trata, como en la novela familiar del neurótico, de recuerdos encubridores, de fantasías de abuso. Aquí la violencia está presente a golpes concretos, inscrita a sangre y fuego. Estos niños son marginales desde su inicio, pues están al margen de lo que debería ser su primera y más importante fuente de vida: sus padres. Sobran en la dinámica intrapsíquica de quienes los concibieron, por tanto sobrarán en lo real.
Marginados y marginales psicológicamente, luego lo serán también en la estructura social. Si su familia de origen no los pudo contener, les hizo saber que sobraban, la sociedad más tarde los reafirma en ese lugar: con reformatorios, con desprecio, incluso con limosnas (¿alguno de nosotros le daría limosna a su propio hijo?). Es ahí donde cobra su más original sentido la idea de caridad como anulación del otro: dar una limosna no es sino suprimir al otro como sujeto, ponerlo en el lugar de “cosa”, de objeto. Muchos de los programas que atienden a niños de la calle, más allá de declaradas buenas intenciones, no hacen sino eso (Baratta, y Rivera, 1995). Lo cual, por otra parte, abre la pregunta sobre la posibilidad de atenderlos con los programas bienintencionados que se les ofrecen: ¿es posible enfocarse en un “síntoma”? Sin quererlo, por supuesto, ¿no se está reforzando su situación de marginales cada vez que se le tiende una mano caritativa? Asunto difícil, por supuesto, que abre toda otra línea de investigación: ¿qué significa realmente atender niños de la calle? Si bien es cierto que lo que cabe es un planteo preventivo para que no siga habiendo niños deambulando, ¿qué hacer con los cien millones que existen hoy día?
Las conductas adictivas
Prácticamente todos los niños de la calle terminan siendo drogodependientes. Como tales, presentan las mismas características psicológicas que cualquier adicto: labilidad afectiva, actitudes manipuladoras, un talante general psicopático, baja tolerancia a la frustración, compulsión al consumo. El estupefaciente viene a ocupar un lugar central en sus vidas. Pero si bien la adicción a psicotrópicos presenta esa preeminencia en sus historias, difieren en algo del narcómano que tiene una familia, que no es un paria, que sigue teniendo un sostén más allá de su conducta “asocial” en tanto consumidor compulsivo. Éste tiene algo que perder; un niño de la calle ya lo perdió todo de entrada, por eso es lo que es. Sin quitarle la importancia enorme que en términos psicológicos tiene el hecho de ser adicto a una droga, en este caso más a las sustancias solubles volátiles que a otros productos más caros característicos de otros estratos sociales (por ejemplo: cola de zapatero, thinner, incluso gasolina), podríamos concluir que los niños de la calle son “adictos”, antes que nada, a su condición de marginales. La adicción a drogas viene por añadidura.
La callejización, psicológicamente considerada, es un proceso complejo que indica la compulsión a seguir viviendo en condiciones de exclusión social en las calles. Fenómeno intrincado, que si bien es producto de una profunda injusticia económico-social de base, necesita también de razones subjetivas. No todo niño pobre termina integrándose y viviendo en la calle. Incluso muchísimos niños de hogares humildes de áreas urbanas trabajan desde temprana edad en las calles para contribuir al ingreso familiar, como lustrabotas, como vendedores ambulantes, como lavacarros, pero muy pocos de ellos terminan transformándose en niños de la calle. Sin dudas debe haber un factor subjetivo que lo permita. Para un menor callejizado, la calle es todo; la calle intenta suplir aquello que faltó originalmente. Vivir en las calles -más allá de lo que el sentido común puede apreciar como un infierno, y que de hecho lo es ciertamente en un sentido- tiene una arista fascinante. El callejizado, aquel que no fue contenido en una estructura familiar, aquel que deambuló los primeros años de su vida entre la apatía o la violencia de quienes lo trajeron al mundo o de sus ocasionales cuidadores, queda atado a ese universo cerrado de los que viven en su misma condición, encontrando ahí un reconocimiento que le fue vedado en otra parte. La vida en la calle atrapa; opera -simbólicamente- como cualquier droga. Alguien puede hacerse “adicto” a ese estilo de vida, que en cierta forma es “fascinante”, “fabuloso”; allí no hay normas que respetar, todo es posible: no se cumplen horarios, no se deben soportar padres autoritarios, hay sexo cuando uno quiere, hay dinero fácil; y hay además el placer del narcótico. Si no fuera por ese mecanismo adictivo que se establece, no podría entenderse por qué tantos niños “prefieren” volver a la calle abandonando los centros de rehabilitación que se les ofrecen como propuesta alternativa. La lógica indica que la vida callejera es terriblemente difícil, displacentera: hambre, frío, violencia, desprecio. Pero la psicología humana no sabe mucho de lógica. O, en todo caso, se mueve por otra lógica que no es precisamente la racional, la aristotélico-tomista entronizada como “normal” en nuestra cosmovisión occidental. ¿Por qué tan pocos niños y jóvenes logran abandonar realmente esa vida? (se considera, con objetividad, que apenas un 5% de niños callejizados logra realmente dejar esa condición).
Como toda conducta adictiva también la “adicción a la calle” (a la vida sin normas más precisamente dicho, a la transgresión) produce una profunda dependencia, haciendo que el círculo vicioso se cierre cada vez más. A esto se le suma la dificultad práctica concreta que encuentra aquel que intenta romper ese circuito: exclusión por parte de la gente, prejuicios que lo condenan a la marginación perpetua, una dramática carencia de “gimnasia” social: falta de documentación, falta de preparación laboral, en mucho casos incluso analfabetismo funcional o total, desconocimiento de las reglas de convivencia. Los problemas se retroalimentan en círculo vicioso.
¿Hacia una “clínica” de los niños de la calle?
Digámoslo una vez más: nadie se “cura” de ser niño de la calle; esto no es una enfermedad mental, un transtorno psicológico. Es, en todo caso, una disfunción psicosocial donde la Psicología como ciencia puede aportar algo. Pero seamos claros en esto: con la actual tendencia económico-social-política global en curso no hay solución para el problema. Los niños de la calle son un síntoma de una sociedad injusta que, así como está, no quiere ni puede resolver sus diferencias estructurales, que hace que “sobre” gente en el mundo, que condena a crecientes cantidades de población mundial a vivir en perpetuo estado de precariedad, transformándolas en mano de obra paupérrima para un mercado planetario.

Un niño de la calle necesita, entre otros, un abordaje desde una perspectiva psicológica. Es cierto que ninguno de ellos consulta espontáneamente un servicio de salud mental. Pero entonces ¿qué autoriza nuestra intervención como psicólogos en programas de asistencia que intentan ayudarlos? Sencillamente una ética. De lo que se trata en nuestro trabajo es facilitarles la posibilidad de confrontarse consigo mismo, ayudarles a desarrollar la pregunta sobre quiénes son, por qué son así, quieren seguir siendo así.
Nosotros, en tanto psicoterapeutas, no seremos quizá quienes los movamos de su situación de menores marginados. Ni tampoco quienes les proveeremos alimento, ropa o medicamentos. Tal vez la sumatoria de todo esto logre sacarlos de la calle. Lo cierto es que vale la pena intentar modificar su situación -que es además una forma de preguntar por qué se llega a esto, lo que lleva a intentar evitar que siga ocurriendo- (esto último, sin dudas, debe ser el norte fundamental que debemos plantearnos). Lo que la experiencia indica es que una actitud represiva no logra ningún cambio (ningún reformatorio reformó a un menor transgresor sino que, por el contrario, lo reafirmó en su lugar de marginalización. Los reformatorios, en realidad, son cárceles de menores, sin más vueltas). Tampoco una posición caritativa puede lograr una genuina transformación; esto, por el contrario, los reafirma más aún en su posición de marginales, de “pobres víctimas”. Ni tampoco el supuesto “amor” bondadoso (¿piadoso?) de propuestas eclesiales: no olvidar que en muchos casos, las mismas personas que los atienden tan “misericordiosamente” terminan siendo sus violadores, fenómeno nada infrecuente en este mundillo de la atención de niños de la calle. El “amor incondicional” no pasa de quimera, más allá de las solemnes declaraciones (Bettelheim, 1960). En todo caso, esto lo podremos encontrar en el amor materno, en tanto se establece una relación simbiótica entre madre y niño donde este último funciona como complemento fálico de la primera, por lo que la incondicionalidad queda asegurada de por vida; una madre ama de todo corazón a su hijo, aunque éste sea un depravado violador o un asesino en serie. Pero ¿cómo hacer para que alguien, no siendo su madre, ame de esa manera incondicional a un sujeto? Recordemos que nadie puede estar obligado a amar a otro, sino a respetarlo, lo cual no es precisamente lo mismo.
Trabajar psicológicamente con niños de la calle es facilitarles la ocasión para que rehagan su vida en términos simbólicos: no es pasar a ser los padres que no tuvieron sino intentar recuperar -a través de las palabras- ese espacio legal al que no pudieron acceder. Es común decir que estos niños necesitan mucho amor. Innegablemente, pero esto solo no alcanza para resocializarlos. Por otro lado vemos que aunque ofrezcamos desinteresadamente una y otra mejilla en una actitud de amor incondicional, caritativa en definitiva, eso no transforma su situación profunda; finalmente terminan decepcionándonos y no dejan la calle. ¿Pero qué se espera acaso de esa abnegación? A un hijo no le damos todo a cambio de nada; ¿por qué lo haríamos con un niño de la calle? A la prole se le da, sabiéndolo o no, un modelo de vida: cuidados diversos, amor, y límites. Son los límites los que impiden que alguien se haga psicótico o psicópata. Es decir, lo que permite que entre en la normalidad (Braunstein, 1980).

Al abordar clínicamente a estos niños deberíamos plantearnos no reemplazar lo que faltó (el padre tal vez alcohólico que abandonó el hogar, la madre agobiada con una docena de hijos que no sabía cómo criar, el cariño y las normas siempre ausentes) sino ayudar a procesar esa falta. La carencia material real -la comida siempre escasa, el juguete ausente en cada cumpleaños, la palabra de estímulo, la alfabetización escolar o la vacuna para prevención de enfermedades futuras- puede llegar a suplirse; y eso es lo que hacen habitualmente las organizaciones que asisten a los niños en riesgo: llenan esos vacíos concretos. Distinto es el caso de la falta de Ley. El trabajo psicológico con niños de la calle debe apuntar a problematizar esa instancia. Sólo si alguien se hace cargo de su historia personal puede ser uno más de la serie, adaptado e integrado. Es decir: un “normal”.
Pero junto a lo anterior no puede dejarse de considerar en todo momento que el fenómeno en su conjunto, los cien millones de niños que pululan por las calles del mundo según las estimaciones de UNICEF, son producto de estructuras sociales injustas y que, en tanto las mismas continúen, no dejará de haber niños en esas condiciones.
Marcelo Colussi es Psicólogo y Licenciado en Filosofía. Argentino de origen, radica en Guatemala. Es investigador del Centro de Estudios sobre Conflictividad, Poder y Violencia -CENDES- y catedrático en la Universidad Rafael Landívar.
Bibliografía:
- Ahlert, A. (2007). Ética y Derechos Humanos: principios educacionales para una sociedad democrática. En “Polis”, Revista de la Universidad Bolivariana. Santiago: Año/Vol. 5, Número 16.
- Baratta, A. y Rivera S. (1995). La niñez y la adolescencia en conflicto con la ley penal. San Salvador. Editorial Hombres de Maíz.
- Bettelheim, B. (1960). El corazón bien informado. México. Fondo de Cultura Económica.
- Braunstein, N. (1980). Psiquiatría, teoría del sujeto, psicoanálisis. México: Editorial Siglo XXI.
- Casa Alianza (1995). Del rechazo al olvido. Guatemala. Casa Alianza Guatemala.
- Erazo, J. (2008). La dinámica psicosocial del autoritarismo en Guatemala. Guatemala. Equipo de Estudios Comunitarios y Acción Psicosocial -ECAP-.
- Forselledo, A. (2002). Niñez en situación de calle. Un modelo de prevención de las farmacodependencias basado en los Derechos Humanos. Montevideo. Instituto Interamericano del Niño.
- Freire, P. (2005). Pedagogía del oprimido. México. Siglo XXI Editores.
- Garavito, M. A. (2004). Violencia política e inhibición social. Guatemala. FLACSO/UNESCO.
- García Méndez, E. (s/f). Niño abandonado, niño delincuente. Caracas. Ediciones Nueva Sociedad.
- Jares, J. (2006). Pedagogía de la convivencia. Barcelona: Editorial Graó.

- Martín-Baró, I. (2007). Acción e ideología. Psicología social desde Centroamérica. San Salvador. UCA.
- Metraux, J. C. (1984). El niño, la familia y la comunidad. Managua. Editorial Ciencias Sociales.
- Montero Miranda, J. A. (1990). Estudio de casos acerca de la inserción de los niños al mundo del trabajo adscriptos al Programa del Menor Vendedor. Tegucigalpa. Universidad Nacional Autónoma de Honduras.
- Oficina de Derechos Humanos del Arzobispado de Guatemala -ODAHG- (2009). Violencia en Guatemala. Estudio estadístico en cinco departamentos: Chiquimula, Guatemala, Petén, Quetzaltenango y San Marcos. Guatemala. ODHAG.
- Programa Presidencial de Escuelas Abiertas (2011). Los intereses de la juventud en Guatemala. Una aproximación desde las Escuelas Abiertas. Guatemala. Gobierno de Guatemala/Escuelas Abiertas/UNFPA.
- Rodríguez Roa, E. (2005). Educación y educadores en el contexto de la globalización. México. Revista Iberoamericana de Educación. Ediciones OEI.
- Tocaven, R. (1993). Menores infractores. México. Editorial Porrúa.
- Tolfree, D. (1996). Restaurando la alegría. Estocolmo. Scandbook.
- Tomlinson, J. (1999). Globalización y cultura. México. Oxford University Press.
- Toro, G. (1991). Captación y atención de niños en situación extraordinaria. Panamá. Casa Alianza Panamá.
- UNICEF (s/f). Compendio de Proyectos de Atención a los Niños Abandonados y de la Calle. Región de las Américas. Colombia. UNICEF.
- Urresti, M. (2008). Ciberculturas juveniles. Buenos Aires. La Crujía Ediciones.
- Wortelboer, V. (2009). Política y generación. Una exploración de la participación juvenil. Guatemala. Universidad Rafael Landívar/ INGEP.
- Zepeda, R. (2005). Las violencias en Guatemala. Algunas perspectivas. Guatemala. FLACSO/UNESCO

No hay comentarios:

Archivo del blog

Entradas populares

MODELOS DE EVALUACIÓN PSICOLOGICA POR JAVIER LOPEZ B

Trabajo colaborativo 1 para psicodiagnostico de las funciones cognoscitivas, modelos de evaluación psicologica Universidad Nacional A Distancia UNAD